Habría sido insufrible ver a ese pedazo de cachas haciéndole el boca a boca a Su Santidad, por más que fuera el jefe de la Guardia Suiza. Así que, tras el desmayo fulminante, el camarlengo sujetó firme el brazo poderoso de Luca ganando tiempo para evitar cualquier maniobra de reanimación. Si todo salía como había previsto, certificaría la muerte del Santo Padre y el cierre de las cuentas de una tacada. Pero todo cambió en un suspiro: el que dio el papa, volviendo torpemente a la vida. Fue en ese momento cuando el camarlengo se desvaneció sin remedio, alcanzando apenas a ver cómo los labios de Luca se acercaban a los suyos.
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