
Estas brujillas tan sabrosas compiten a menudo con unas vecinas altaneras de ilustre apellido: Gambosa. Pero nada tienen que envidiar a las ciertamente deliciosas sanjorges, también aficionadas a los aquelarres primaverales.
Sin embargo, la presumible competencia desaparece como por arte de magia (...andamos entre brujas) debido al escaso interés que tienen las abundantes senderuelas en nuestros pastos montañeses. Escaso interés para los seteros de la zona que yo transito, claro. Y esto me encanta. Me siento así como el único enano del cuento que recoge miniaturas mientras los demás corren a llevarle perrichicos a la princesa para conseguir sus favores... No es casual este decantamiento, ya que la "marasmius oreades" (que es más fino) se amontona en interminables hileras de delicados pies que es preciso cortar con paciencia jobiana. Y eso tira para atrás, claro: doblar el espinazo y recolectar con tino lleva tiempo, mucho tiempo.
Como la mañana es larga, y la lluvia parece contenerse para no mandarme de vuelta a casa, me entretengo de vez en cuando admirando el paisaje de una primavera aún incipiente que me rodea en un silencio apenas roto por los ladridos de un mastín lejano. El Curueño se retuerce entre las hoces, los chopos empiezan a vestirse, las escobas ya están amarillas y la hierba se baña en la humedad de la reciente tormenta. A lo lejos, el Bodón se intuye tras las nubes milmetristas que amenazan con convertirse en niebla... Es mayo, ese mes -dicen- de comuniones: la mía está clara. Comulgo con esta tierra de hayas, chopos, pinos, robles, montañas, ríos, prados, piedra... y mmmmm...¡senderuelas!
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